Homilía del Corpus Christi   

 

Capilla del Obispado – 06 de julio de 2021

Hoy celebramos esta Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Un antiguo verso popular decía: “Hay tres jueves en el año que brillan como el sol, Jueves Santo, Corpus Christi y el jueves de la Ascensión”. En la liturgia estos dos últimos, en la mayoría de los países, han pasado al siguiente domingo.

En estos tiempos de pandemia está demás decir qué importante es cuidar la salud. Alimentar y cuidar la vida es una de las preocupaciones principales del ser humano. Tendríamos que luchar siempre para que todos tengan condiciones de vida digna, en una sociedad en que la brecha entre ricos y pobres se hace cada vez más profunda, y en un mundo donde más de mil millones de personas pasan hambre.

Hoy contemplamos el misterio de la Eucaristía. Las lecturas nos ayudan a mirar con los ojos de la fe al mismo Jesús hecho alimento y bebida para que tengamos vida plena. El evangelio nos lleva a la intimidad de la última Cena. Jesús había ido a Jerusalén con sus discípulos para celebrar, como cada año, la Pascua. En esa tarde, al tomar el pan de la mesa les dijo: “Tomen, esto es mi cuerpo” y luego, tomando la copa les dijo: “Ésta es mi Sangre”.

El Hijo de Dios, en Jesús, se hizo nuestro hermano, compartió en todo, nuestra realidad humana, desde la pobreza de su nacimiento, a la solidaridad con los excluidos y descartados. Por predicar a favor de los más frágiles y pobres de la sociedad, a favor de la justicia y la paz, Él padeció el sufrimiento, las burlas, la marginación, las acusaciones injustas, la persecución. En la pasión conoció el miedo, la traición de los suyos, el abandono del Padre, la muerte como un malvado.

En la última Cena, como dice el Santo Cura Brochero, el corazón de Jesús “explotó de amor”. No sólo se hizo uno de nosotros, experimentando lo que padece el ser humano, sino que se hace alimento. Es alimento su Palabra, su enseñanza, su actividad, su persona. Jesús nos comunica vida y su misma capacidad de amar.

Comer este pan significa identificarnos con Él, asimilarlo, absorber sus valores, recibir su amor gratuito, asumir su proyecto de vida para vivirlo con la fuerza que este mismo alimento nos da. Él da su vida para que nosotros tengamos vida en abundancia, y para que aprendamos a darnos como Él, pan partido para el hambre del mundo. Partir el pan es crear comunidad, en justicia y solidaridad. Es crear la fraternidad.

Beber de esta copa, es creer en ese amor fiel hasta la muerte en la cruz, y comprometernos también nosotros en el servicio a los demás, sin temor de ofrecer nuestra vida.

Hoy la Iglesia nos invita a contemplar este misterio de nuestra fe. Es el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Jesús. Es un modo de presencia y de realización de su promesa: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Bellamente lo dice el himno del P. Julián Zini:
 
Jesucristo, Señor de la historia,
que estuviste, que estás y estarás.
Sos presencia, esperanza y memoria,
sos el Dios de la vida hecho pan.
 
En medio de tanto dolor de la humanidad, contemplamos a este Jesús que compartió nuestros dolores y padecimientos. Lo vemos presente en cada persona enferma, impotente, clamando por un poco de aire para sobrevivir… Lo vemos en los que, estando enfermos, no tienen una cama para ser atendidos, en los que no tienen los recursos para ser bien asistidos.

Contemplamos a este Pan de vida que nos alimenta, nos fortalece con su amor. Y lo vemos vivo en las personas que están junto a los enfermos sirviéndolos en sus sufrimientos: todos los profesionales de la salud, sus familiares y amigos. Es Jesús-Buen samaritano curando las heridas y abrazando con ternura su fragilidad.

La pandemia, junto a dolor de la pérdida de la salud, ha traído aparejada más pobreza. Aumentan las personas que deben ser asistidas con alimentos, contenidas en su desazón por la falta de trabajo. Crece la desigualdad, porque, lamentablemente, en estas situaciones la riqueza se concentra en pocas manos; por eso, clamamos por más justicia. El egoísmo, disfrazado de tantas maneras, gana algunos corazones provocando más pobreza e indigencia. ¡Jesús, nuevamente crucificado por el dios dinero! La fe nos invita a contemplar a Jesús pobre en su entrega, para alimentarnos con su amor y para luchar por un mundo más solidario y fraterno. Por eso decimos:
 
Sos el mismo Jesús que estuviste
junto al lago de Genesaret,
y ante el hambre del pueblo exigiste:
¡Denle ustedes, por Dios, de comer!
 
La realidad de la pandemia nos ha llevado a tener estos cuidados que nos impide participar presencialmente de la liturgia de la Eucaristía. Esto no debe menoscabar nuestra fe. El Señor está presente en medio del mundo, vive en la fe de su pueblo. A veces, por la falta de sacerdotes, otras por las largas distancias; también por estar en guerra o, como es el caso, por el aislamiento sanitario, no podemos estar presentes en la celebración de la Misa. Hagámoslo de este modo, o escuchándola por la radio. Como así también haciendo un encuentro con la Palabra de Dios en casa. Son modos de la presencia de Jesús que no podemos minimizar. Este tiempo nos ayudará para crecer en el deseo de Jesús sacramentado. Ojalá no esté tan lejano el día en que nos podamos reunir para celebrar juntos con alegría el misterio de la Eucaristía.

Hoy con alegría celebramos a Jesús en este sacramento. Recuerdo desde niño tantos cantos y alabanzas a Jesús en el altar: “Alabado sea el Santísimo”, “Cantemos al Amor de los amores”, “Te adoramos Hostia divina” y ¡tantos otros! Cánticos que expresan el amor del pueblo creyente a Jesús hecho comida y bebida de salvación. La gente sencilla siempre unió la devoción eucarística con la solidaridad y la fraternidad. Cuando se juntaban las familias para una misa por un ser querido difunto, luego venia la mesa familiar, para estrechar los vínculos. Cuando han ido creciendo nuestros barrios, allí donde la gente con sus pocos pesos empezaba a poner unos ladrillos y un techo para vivir, se agrupaban para tener una Misa, y luego venían las reuniones para conseguir el agua, la luz, la llegada de la línea del colectivo, un merendero para los niños, una canchita o plaza de juegos… Esto sigue sucediendo hoy, gracias a Dios. Junto a Jesús, la vida se hace más fraterna y solidaria. Y ese Jesús es el alimento para no desfallecer y seguir andando.

Por eso, en este Corpus Christi, damos gracias porque la campaña de vacunación va avanzando sin detenerse. Se lo hemos pedido a Dios y es justo que se lo agradezcamos. A la vez que damos gracias y alabamos a Jesús Eucaristía, presentamos el compromiso de ser pan para los demás; ser constructores de fraternidad en el lugar donde estamos y siendo alimento de amor para nuestros hermanos. Lo hacemos a las puertas de la Colecta Anual de Cáritas, el próximo fin de semana, con el lema: “En tiempos difíciles, compartamos más”.

Seguimos creyendo en Jesús, que “al desembarcar, vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato”. Luego, al ver su hambre, con unos pocos panes que le ofrecieron, dio de comer a todos hasta que se llenaron, y sobró más todavía.

Por eso, con toda confianza le decimos con el himno del X° Congreso Eucarístico Nacional:
 
¡Quedate con nosotros, Jesús,
que da miedo tanta oscuridad!
¡No es posible morirse de hambre
en la patria bendita del pan!
¡Quedate con nosotros, Señor,
que hace falta un nuevo Emaús!
La propuesta será compartir
como vos y en tu nombre, Jesús.

 
+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes