Homilía del Domingo de Ramos 2026

Catedral, 29 de marzo de 2026

“Mira que tu rey viene hacia ti, humilde y montado sobre un asna, 
sobre la cría de un animal de carga” 
(Mt. 21, 5)

Hermanas y hermanos:

Con nuestros ramos hoy aclamamos a nuestro rey, Jesús el Mesías prometido, el rey de la paz, el Hijo de Dios. Desde lo hondo del corazón ha brotado esa alabanza: “¡Hosanna!”.

Las lecturas bíblicas hoy nos presentan la persona de Jesús, centro de toda esta Semana Santa, la cual culmina con la celebración del Triduo Pascual. 
 
“Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (DA 29)

Contemplar a Jesús, mirarlo, escucharlo, admirarlo, prestarle atención. “Cada mañana Él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo” (Is. 50, 4)

Él quiere enseñarnos, el viene a nosotros, “humilde y montado sobre un asna, sobre la cría de un animal de carga”. Como nos dice San Pablo: “se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor, y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Flp. 2, 7-8)

Mientras Jesús entra a Jerusalén aclamado por el pueblo que lo seguía, “toda la ciudad se conmovió, y preguntaban: «¿Quién es este?». Y la gente respondía: «Es Jesús, el profeta de Nazaret en Galilea»” (Mt. 21, 10-11). Jesús ya ha empezado a mostrarse como un “signo de contradicción”, como lo había profetizado Simeón, cuando María y José lo habían presentado en el Templo. 

El Mesías no se muestra como muchos esperaban, montado en un brioso caballo, con el poder de los ejércitos, haciendo gala de su fuerza dominadora, ostentando riquezas, opulencia y lucimientos pasajeros. Jesús aparece como uno de tantos, huyendo de toda apariencia vanidosa.

Ese modo de ser llena de envidia y de odio a muchos de los que ostentaban el poder religioso, político y económico de Jerusalén. La persecución y la condena a muerte ya empezó a gestarse en los círculos del poder reinante. El poder religioso y el poder político se confabularon para lograr su cometido. Las profecías se cumplían.

El mismo que fue aclamado como el Mesías Salvador, a pocos días experimentará la traición y el pedido de la multitud, instigada por los poderosos, para que sea crucificado.

Hoy Jesús viene a nosotros humildemente en cada circunstancia de la vida, en el orden personal, comunitario, social. Viene a nuestra realidad de país y del mundo.
Jesús es la luz que viene a disipar las tinieblas, en nuestro corazón y en nuestro exterior. El Misterio de su muerte y resurrección nos muestra el Camino. Ese Camino es la persona misma de Jesús. Él es la paz, la justicia, la verdad, la libertad, el amor. Muchos se quieren presentar como los salvadores del pueblo, del mundo. Estemos atentos. No nos dejemos engañar.

Escuchando la Palabra de Dios hoy, como en toda la Cuaresma y en estos días santos, Él mismo nos enseñará el verdadero camino de la paz, de la justicia, del amor. Él viene hacia vos, hacia mí, hacia toda persona. Viene como el Mesías, como el rey; pero Rey de un Reino muy diferente del reino de los poderosos, de los explotadores, de los que día a día mediante discursos de odio y de venganza, hambrientos de dinero y de poder, siembran muerte y destrucción en todas partes.

Hoy, el Papa León, en su homilía de la Misa en la Plaza San Pedro nos dice: 

“Hermanos y hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: «Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!» (Is 1,15).

Al mirarlo a Él, que fue crucificado por nosotros, vemos a los crucificados de la humanidad. En sus llagas vemos las heridas de tantos hombres y mujeres de hoy. En su último grito dirigido al Padre escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra”
.                 

Desde esta porción del pueblo de Dios, que es la Diócesis de Quilmes, queremos repudiar esta “tercera guerra mundial a pedazos” (como decía el Papa Francisco). 

Camino al Tercer Sínodo Diocesano y en el Jubileo de los 50 años de creación de la Diócesis, queremos aclamar a Jesucristo, rey del universo, el Ungido para evangelizar a los pobres y que nos envía a anunciarlo a todos, todos, todos.

“Queremos ser la Iglesia que soñó Jesús: samaritana, cordial, solidaria, y en búsqueda de la justicia y la paz, especialmente con los más pobres; abrazando misericordiosamente a todos”. 

La Virgen, Madre de Jesús y Madre nuestra, nos acompañe en esta Semana Santa, para contemplar, escuchar y seguir a Jesús.

+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes

Quilmes, 29 de marzo de 2026

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *