Hermanas y hermanos:
La Palabra de Dios ha sido proclamada hoy en este lugar.
“Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado”. “¡Ah Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven” “No digas, soy demasiado joven”. “Irás donde yo te diga… no temas… porque yo estoy contigo para librarte”.
“El Señor es mi pastor, nada me puede faltar… me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre”.
“Yo, que estoy preso por el Señor, los exhorto a comportarse de una manera digna de la vocación que han recibido” … “Él comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros”.
Y, por último, hemos escuchado y contemplado a Jesús, en aquel amanecer junto al lago Tiberíades. Desde la orilla ve a sus discípulos en las dos barcas, luego de una noche de fracaso en la pesca. Todo se transformó en una alborada de gozo exultante, por haber confiado en las palabras de esa persona que desde la orilla les dijo: “Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán”. Al grito de: “¡Es el Señor!” del discípulo amado, Pedro salta al agua para salir al encuentro del Resucitado.
¡Qué palabras tan llenas de ternura, de cercanía, de compasión y misericordia!
Hemos escuchado el diálogo de Jesús y Pedro, después de haber desayunado junto al lago en ese amanecer.
El Señor se dirige a Pedro llamándolo como en aquel día que lo conoció: “Simón, hijo de Juan”. Jesús trae a la memoria de Pedro el primer encuentro, cuando llevado por su hermano Andrés, lo conoció y recibió de Él un nombre nuevo que encerraba y revelaba una nueva misión. Encuentro que lo marcó para siempre, lo fascinó, y a partir de allí Pedro no dejó de caminar con Jesús. A orillas del lago, el Señor delicadamente hace volver a Pedro al primer amor. El primer amor jamás se olvida.
Sólo le pregunta una cosa. “Me amas” (Jn. 21, 15-17) Y se la repite tres veces. Le pregunta por el amor; le pregunta aquello que le importa, y aquello que sabe que Pedro tiene. Jesús sabe que Pedro lo ama.
Repetir por tres veces algo, es manifestar que es sumamente importante, esencial. Le está manifestando a Pedro lo que más vale. Sólo busca que Pedro vuelva a confiar, como lo hizo tirando las redes. Delicadamente Pedro va comprendiendo que eso es lo más importante. Pedro no duda que ama a Jesús, y Jesús no duda del amor de aquel pescador.
“En una palabra Jesús quería llevar de nuevo a Pedro «al primer amor». Así «cuando el Señor nos pregunta a nosotros sacerdotes si lo amamos, quiere llevarnos al primer amor». Al respecto, leemos en el libro de Jeremías: «Me acuerdo de ti, recuerdo tu cariño juvenil, el amor que me tenías de novia, cuando ibas tras de mí por el desierto» (2, 2)”
“Se trata, por lo tanto, de regresar a «ese primer amor que todos hemos tenido». Y es precisamente «para renovar este amor de hoy, que el Señor quiere que nosotros nos acordemos del primer amor».” (Papa Francisco, 6 de junio de 2014)
Pedro, a pesar de todo, de haberse confundido, de su testarudez, de no aceptar el proyecto de Jesús, hasta haberlo negado por tres veces, no duda que ama al Señor. A orillas de aquel lago, Jesús quiere fortalecer a Pedro en esa certeza: su amor por el Maestro. Y, por tres veces Pedro confiesa su amor al Señor, no confiando en su propia convicción, sino en el conocimiento que Cristo tiene de su fragilidad: “Tu sabes que te quiero”.
Nos dice Juan que esta es la tercera aparición del Resucitado. Jesús sabe bien lo que han vivido sus amigos en las últimas horas. Son seres humanos. Cómo van a borrar de su mente y de su corazón los amargos y tristes momentos vividos en Jerusalén. De todos modos, todo eso no podrá borrar en su memoria las hermosas jornadas vividas en Galilea o por los caminos de Judea. El recuerdo de las multitudes que seguían al Maestro, las enseñanzas desde ese monte de las bienaventuranzas o en las orillas del lago; los numerosos milagros realizados, comenzando en las bodas de Caná, o en las travesías del mar enfurecido, en las praderas donde comieron hasta saciarse a partir de cinco panes y dos pescados, la resurrección de muertos y los gestos de misericordia con los abandonados. Cómo van a borrarse de su memoria aquellos diálogos y actitudes con los notables, con los pecadores y descartados. Todo estaba en los corazones de estos pescadores de Galilea… Pero, el momento de la Cruz los sacudió y conmovió totalmente. Jesús quiere infundir en sus corazones la mayor alegría: “Él vive y nos quiere vivos”.
Desde hoy, Ezequiel, podrás celebrar el gran misterio de la muerte y resurrección de Jesús. “Compartían con alegría y sencillez de corazón” (Hch. 2, 46) Es el texto que has elegido para invitarnos a celebrar con vos este momento clave de tu vida. La Eucaristía, comida de Jesús con sus discípulos, será desde hoy el centro de tu ser presbítero. Mezcla de dolor y alegría, de sufrimiento y de gozo, de pasión y de gloria. Pascua de Cristo y pascua tuya. Desde hoy podrás decir en medio del pueblo: “Esto es mi Cuerpo”, “esta es mi Sangre”. Caminarás en medio de este pueblo nuestro tan golpeado pero a la vez, tan fuerte y esperanzado: “Yo te absuelvo de tus pecados”. Serás un pobre pecador que perdona, porque has experimentado el amor de Jesús, que dejó las noventa y nueve ovejas y salió, con loco amor, a buscarte y, hallándote, te ha cargado sobre sus hombros… y te trajo al regazo del pueblo santo… y hace fiesta, porque te ha encontrado; te ha salvado. Esta es la fuente de tu caridad pastoral.
“Compartían con alegría y sencillez de corazón” (Hch. 2, 46) En minutos, luego de ser ordenado presbítero, serás recibido con un abrazo por tus hermanos en el Presbiterio de esta Diócesis de Quilmes. Es tu primer lugar para vivir la fraternidad. La frescura de tu juventud ayudará a todos. El afecto de ellos, entre los que están quienes fueron tus párrocos, tus formadores y compañeros de servicio pastoral. Los mayores encontrarán en vos un aliento o un bastón para el camino; y en ellos, especialmente en los más ancianos, encontrarás el sabio y probado testimonio de una vida desgastada en amor sincero al pueblo de Dios. Entre todos, junto a los obispos, serán los pastores que animarán a nuestro pueblo “a seguir andando nomás” (beato Enrique Angelelli)
Vienen a mi recuerdo nuestras vacaciones en las sierras de Córdoba, en Alpa Corral. Pero todos sabemos que el sello de esos días de verano lo grababa nuestro peregrinar a Villa Cura Brochero, para encontrarnos no sólo con los valles al pie de las Sierras Grandes, sino con el testimonio de la vida y la misión de San José Gabriel del Rosario Brochero. Sólo vienen a mi corazón en este momento sus palabras: «Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego».
Querido Ezequiel, por caminos misteriosos, el Espíritu Santo te ha formado discípulo misionero desde el seno de tu familia, aprendiendo en ella los valores humanos y cristianos fundantes, plasmados por la vida de trabajo y amor de papá y mamá, herederos de las raíces cristianas de los pueblos del interior de nuestra patria. Junto a tus hermanas, iluminados por la luz del amor de los abuelos, creciste arropado por una ternura delicada y sacrificada. Dios fue preparándote de modo misterioso para vivir en tu carne, el misterio doloroso de la cruz y muerte, sin borrar de tu cara la alegría de un mundo sin dolor, sin injusticias, sin odio y sin rencores: es la alegría que nace de la esperanza en Cristo muerto y resucitado.
Volver a tu primer amor, en vos significa acordarte de tus jóvenes años cuando venías al centro de Quilmes, y entrabas a esta Catedral y te acercabas a rezar ante la tumba del Padre Obispo Jorge Novak, de quién tu tío solía hablarte. Él desde el Cielo cuidará tu “sí” al Señor, con su intercesión y la claridad de su testimonio cristiano.
Cuántas veces, durante estos largos diez años, hemos repetido: “Ezequiel, serás el cura de los 50 años de la Diócesis”.
Hermanas y hermanos: En el corazón mismo de la celebración del Tercer Sínodo Diocesano, nace este precioso regalo: un nuevo presbítero para el pueblo de Dios. ¡Demos gracias a Dios y a la Virgen!
Por eso, a los pies de la Inmaculada Concepción, todos con vos, Ezequiel, queremos decir juntos:
“Iglesia de Quilmes, ¡camina con la alegría del Evangelio!”