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Querido hermanos y hermanas:

¡Ustedes no tengan miedo, alégrense, ha resucitado!

El capítulo veintiocho de Mateo, que leímos en la vigilia pascual, nos regala el relato de la resurrección de Jesús. 

“El ángel dijo a las mujeres: Ustedes no tengan miedo. Yo sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí; ha resucitado como había dicho. Acérquense a ver el lugar donde yacía. Después vayan corriendo a anunciar a los discípulos que ha resucitado.

Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y corrieron a dar la noticia a los discípulos. De pronto Jesús salió a su encuentro y las saludo, diciendo: Alégrense. Ellas se acercaron y abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: No tengan miedo; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán”.


Como Iglesia de Quilmes queremos caminar juntos compartiendo la alegría del evangelio. 

Celebramos los primeros 50 años de la creación de nuestra diócesis, también de la elección de su primer Obispo, nuestro padre fundador, el Siervo de Dios Jorge Novak SVD, Profeta y Pastor que supo enseñarnos a orientar la mirada y el corazón colocando en el centro a Jesús y Su proyecto del Reino, como Iglesia en camino hacia la Pascua, compartiendo La Palabra de Dios junto con el pan y el vino en cada eucaristía celebrada y compartida en comunidad, que supo orientar la mirada hacia Jesús, inspirándole los cuatro cauces fundacionales, transversales en el camino de la vida de Fe de cada uno y de toda nuestra diócesis, que siempre nos pone en la tensión evangélica de vivir una mística más concreta y encarnada en el seguimiento de Jesús desde el llamado que nos hace para vivir la misión, asumiendo la opción por los más pobres, la defensa de los derechos humanos, el ecumenismo y la misión.

En el camino de estos cincuenta años, como ocurre en la vida de cada uno, de nuestras familias y como Pueblo, transitamos momentos marcados por experiencias de pasión, de muerte y resurrección, donde, ayer y hoy, el temor y las incertidumbres parece que nos hacen trastabillar, momentos de alegría y esperanza que nos vuelven a colocar en el eje, y también algunas certezas fundantes que le dan sentido a los temores, las incertezas, las esperanzas y alegrías: 

Hace cincuenta años transitamos la noche oscura y violenta de la dictadura, el terrorismo de estado, que nos llevó a vivir la cruz en los 30.000 desaparecidos y en el sufrimiento de la gran mayoría de las familias de nuestro Pueblo de Dios condenados por la represión y planes económicos que solo trajeron violencia, muerte, miseria y desempleo.

Hoy estamos viviendo una situación triste y difícil. La gran mayoría de los jubilados recibe mensualmente $380.000 más un bono de $70.000. Les suspenden muchos de los beneficios en sus prestaciones y de medicamentos crónicos. La situación de los discapacitados, los docentes, los trabajadores de la salud y la cantidad de hermanos nuestros que están perdiendo las fuentes laborales. La mayor parte de las familias endeudadas para intentar cubrir los gastos de sus mayores y, muchos, con dificultades para viajar al trabajo y comer. Tristemente, el día a día genera violencia a flor de piel, divisiones y conflictos que nos llevan a padecer situaciones muy dolorosas.

La Fe en Jesús resucitado, que no omite ni deja fuera ninguna de las situaciones difíciles que nos tocan vivir, nos regala la convicción de la vida nueva que atraviesa y transforma todo y nos invita a salir de todos los sepulcros, donde yace la noche y la oscuridad de la muerte. Hoy Jesús resucitado sale a nuestro encuentro como lo hizo con María Magdalena y la otra María, y nos dice también a nosotros hoy: 

¡Alégrense, no tengan miedo, vayan a avisar a mis hermanos que los quiero ver!

Profundizar la alegría del evangelio no es vivir mirando para el cielo con cara de estampita o invadido de una tristeza individualista, donde no puedo ver nada más allá de mí mismo. Vivir la alegría de la buena noticia de Jesús resucitado, significa asumirme necesitado del otro. Sin el otro no tengo vida, o, mejor dicho, estoy escondido en una vida que no es tal, que es artificial. Estoy muerto en vida. La vida real es relación, es vínculo, es encuentro, comunión y participación. El otro es mi hermano, es Jesús. También es crisis, dolor y conflicto. 

Vivir la alegría del evangelio, vivir la resurrección nos provoca a trascender y vivir una relación de encuentro con el “Otro” con mayúsculas, encuentro personal con JESUS. Nuestro recordado Papa Francisco nos decía: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo, o al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso” (E.G n. 3) y a continuación citando a Pablo VI expresaba: “Nadie queda excluido de la alegría que nos regala El Señor”.

Necesitamos asumir que el seguimiento de Jesús resucitado nos transforma el corazón de piedra en un corazón de carne y nos lleva a bajar los muros de la división y tender puentes de encuentro, diálogo y compromiso con todos buscando el bien común. 

Este año nuestra diócesis también está viviendo el III Sínodo diocesano. Que la fuerza de Jesús resucitado, el amor del Padre y el viento del Espíritu que sopla donde quiere, porque es libre y liberador, nos vaya marcando el camino, trabajando el corazón, nos quite los miedos, los prejuicios y las orejeras para que en este momento de la historia sepamos responder con ternura y esperanza haciendo más amable y creíble a Jesús.

Que María, la que supo acoger en su vientre al Salvador, acompañarlo en su vida, al pie de la cruz y a la primera comunidad con sus miedos e incertidumbres, nos ayude a caminar con esperanza.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes

+ Eduardo Gonzalo Redondo
Obispo Auxiliar de Quilmes

Quilmes, 05 de abril de 2026.


Hermanas y hermanos:

¡Alegría y paz en el Señor!

En esta Pascua llegue a cada una, a cada uno nuestro saludo afectuoso y agradecido. Este afecto nace de sabernos hermanos por el Bautismo, hijas e hijos de un mismo Padre. Les agradecemos, porque siempre rezan por nosotros, como nosotros lo hacemos por ustedes cada día. Porque comparten con nosotros una misma misión: proclamar el Evangelio y dar testimonio de servicio fraterno en la construcción del Reino de Dios.

Pascua es pasar con Jesús de la muerte a la vida, del egoísmo al amor. Pascua es dejarnos transformar por el poder del Espíritu, que es el amor de Dios derramado en nosotros.

El Papa Francisco dice: “El amor nos hace abrir los ojos, ampliar la mirada, nos permite reconocer en el extraño que cruzamos en nuestro camino el rostro de un hermano, con un nombre, con una historia, con un drama ante el cual no podemos permanecer indiferentes. A la luz del amor de Dios, la fisonomía del otro emerge desde la sombra, sale de la insignificancia y adquiere valor, relevancia. Las carencias del prójimo nos interpelan, nos incomodan, nos piden que asumamos el reto de hacernos responsables… Nos lleva a sentir como propias las heridas que contemplamos en su cuerpo y nos llama a derramar el óleo de la fraternidad sobre las llagas invisibles que leemos en la filigrana del alma de los demás”. (Francisco, 11 de mayo de 2024)

Como parte de este pueblo creyente, en esta Semana Santa nos acercamos a nuestros lugares de culto para contemplar a Jesús muerto y resucitado. Celebrar juntos el gran amor de Dios por todo el pueblo. Hay en nosotros el profundo deseo de “ver a Jesús”, de “estar con Él”. Lo necesitamos; sin Él no podemos nada. Es nuestra roca firme en medio de nuestras inseguridades; es nuestro alimento y sustento en nuestras debilidades y necesidades; es alivio para nuestros dolores del cuerpo y del alma; es consuelo en nuestros duelos y dolores. Él nos dice: “Vengan a mí”. La fuerza de su Espíritu nos lleva a su encuentro y posibilita nuestro encuentro con los demás. Vivimos en un mundo que sutilmente nos tienta a salvarnos cada uno por su cuenta, exaltando el individualismo; como creyentes cristianos proclamamos un Dios que es Comunión y que hace Comunidad. Un Dios que se goza en tener un pueblo, y nosotros gustamos la alegría de ser parte de su pueblo. Todo esto gracias a la gran gesta que celebramos: el buen pastor que da la vida por sus ovejas. Es la Pascua del Señor Jesús que sella su alianza de amor eterno con su pueblo, derramando su sangre para el perdón de los pecados.

Vamos caminando juntos, compartiendo nuestras alegrías y nuestras penas, nuestros fracasos y esperanzas, acompañados por Jesús que nos alienta con su Espíritu. Esto es sinodalidad. Es sentirnos parte de la Iglesia de Jesús que proclama el Evangelio y va realizando el Reino de justicia, de amor y de paz en este presente concreto, en las comunidades de los partidos de Berazategui, Florencio Varela y Quilmes.

A las hermanas y hermanos de las Iglesias cristianas, a sus pastores y pastoras en particular, les brindamos nuestro saludo, acompañado del compromiso de trabajar juntos por la unidad que Cristo pidió al Padre, sirviendo a nuestro pueblo con la alegría del Evangelio.

Queremos saludar a los enfermos, a las personas mayores, a niños y jóvenes, a los imposibilitados de participar de las celebraciones litúrgicas, a los presos, a tantas servidoras y servidores de los más necesitados. A las familias, a las personas de todas las instituciones públicas y privadas, parte vital de nuestra sociedad. A todos los que trabajan por el bien común. Vaya nuestro saludo pascual a las autoridades de distinto rango de los tres partidos.

Estamos felices de ser Iglesia diocesana de Quilmes.

¡Felices Pascuas!

+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes

+ Eduardo Gonzalo Redondo
Obispo Auxiliar de Quilmes

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Quilmes, 27 de marzo  de 2024