«De la mano de la Virgen, ¡caminemos con la alegría del Evangelio!»
Domingo 13 de septiembre de 2026
«De la mano de la Virgen, ¡caminemos con la alegría del Evangelio!».
¡Qué alegría encontrarnos aquí, a los pies de nuestra Madre, la Virgen de Luján! Llegamos hasta este santuario con el corazón lleno de gratitud y de historia. Hoy nuestra peregrinación tiene un sentido profundamente sagrado: venimos como Iglesia diocesana de Quilmes a celebrar y agradecer nuestros primeros 50 años de vida. Medio siglo de caminar juntos como pueblo de Dios, con nuestras alegrías, nuestros dolores, con nuestros testigos de la fe y nuestros corazones llenos de esperanza. En estos 50 años de vida diocesana, miles de fieles venidos del sur de Buenos Aires peregrinaron con sus pastores: los Padres Obispos Jorge Novak, Gerardo Farrell, Luis Stöckler, Maxi Margni y nosotros dos, el Padre Obispo Eduardo y quien les habla. Siempre el pueblo de Dios, a los pies de la Virgen, valoró las enseñanzas de los sucesivos Papas: Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI, el recordado Papa Francisco y ahora, dentro de dos meses, en este lugar estará el querido Papa León XIV venerando a la Patrona de la Patria y dándonos su enseñanza de Pastor.
Nuestra Diócesis nació en medio de un gran dolor causado por una dictadura que fue madre de tantos males que aún sufrimos. Decía el Padre Obispo Jorge, que el Nuncio le había anunciado que iba a ser obispo de una diócesis poblada de gente obrera; pero a poco de andar, decía el obispo “me encontré con una diócesis de desocupados”. El clamor de los familiares de los desaparecidos y de los muertos en la guerra de las Malvinas llamó fuertemente a la puerta del corazón del nuevo pastor, que estuvo dispuesto a ofrecer su propia vida para que cesaran las desapariciones y para que terminara la guerra. Pero también la Diócesis nace cuando el Papa Pablo VI había dado a conocer su Encíclica “Evangelii Nuntiandi”, acerca de la evangelización en el mundo contemporáneo. Una verdadera perla del Magisterio que ganó el corazón misionero del Padre Obispo Jorge.
Hoy nosotros venimos también en un momento en que las familias sufren la falta de trabajo y la angustia de no llegar a fin de mes con sus magros salarios o pobres ganancias. Pero a la vez, venimos con el corazón esperanzado en la fuerza transformadora del Evangelio que ha tocado nuestras vidas y que queremos llevar a todos, luego de haber vivido las sesiones del Tercer Sínodo Diocesano.
Para mí, providencialmente, esta peregrinación tiene un eco íntimo y muy movilizador. Hace apenas tres días celebré mis 75 años de vida. Y en cumplimiento de lo que nos pide a todos los obispos el Código de Derecho Canónico, he presentado formalmente mi renuncia al Santo Padre, el Papa León XIV, como obispo de esta querida diócesis de Quilmes. Por eso, hoy vengo a los pies de la Virgen no solo a dar gracias por la historia de nuestro pueblo, sino también a entregarle mi propio ministerio, mis límites, mis aciertos y mi vida entera gastada junto a ustedes. Vengo a ponerme en las manos de la Madre, como un peregrino más.
Y es justamente en este marco de balances, de gratitud y de desapego, donde la Palabra de Dios nos sale al encuentro con una pregunta punzante que Pedro le hace a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Pedro cree que está siendo generoso. Pero Jesús rompe todos los moldes humanos y le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Es decir: siempre. Dios no lleva la cuenta de nuestras deudas. La característica más íntima de Dios que Jesús nos presenta, es su misericordia. La manifiesta en todos sus gestos y sus palabras. Nosotros estamos llamados a reconocerla con un corazón agradecido y a reproducirla en nosotros mismos. Jesús ilustra esto con la parábola del rey que se conmueve y perdona una deuda impagable a su servidor, recordándonos que la lógica del Reino es la gratuidad y el amor sin condiciones.
Hermanos, esta parábola tiene un eco muy profundo para nosotros hoy. Al mirar estos 50 años, es imposible no conmovernos al recordar a nuestro primer pastor, el Padre Obispo Jorge Novak. Él fue un verdadero testigo y maestro de este Evangelio en tiempos sumamente oscuros y dolorosos para nuestra patria. Novak nos enseñó que el verdadero perdón exige la verdad y la justicia, pero se negó rotundamente a albergar el odio o la venganza en el corazón. Fue un hombre de reconciliación porque primero fue un hombre habitado por la misericordia de Dios. Su voz firme en defensa de los derechos humanos y de los pobres nacía de este mismo mandato de Jesús: perdonar setenta veces siete y tender puentes donde otros ponían abismos.
Este espíritu de escucha, perdón y comunión es el que ha guiado también nuestros últimos meses de trabajo comunitario en el Tercer Sínodo Diocesano. Hemos hecho el ejercicio de sentarnos, escucharnos, sanar diferencias y discernir juntos qué Iglesia queremos ser. El próximo 19 de septiembre, el día exacto en que cumplimos nuestras Bodas de Oro, se presentará oficialmente el Documento Final de este Sínodo en nuestra Catedral.
Ese documento es la hoja de ruta para los próximos años. Pero para que esas líneas pastorales cobren vida en Quilmes, Berazategui y Florencio Varela, necesitamos la gracia que hoy venimos a pedir a Luján: la gracia de ser una Iglesia sinodal, lo que significa ser una Iglesia que sabe perdonar. No podemos escribir un documento sobre la fraternidad y la misión si después seguimos cobrando pequeñas deudas a nuestros hermanos en el día a día.
Como pastor, mi mayor deseo, en esta posible última oración pública como su obispo diocesano en este Santuario, es pedirles que cuiden la comunión. En el camino a Luján nadie camina solo. Si uno se cansa, el otro lo ayuda; si uno se cae, el otro lo levanta. En el camino no hay lugar para el rencor, porque el peso del odio hace el andar insoportable. Para caminar juntos los próximos 50 años, tenemos que saber perdonar. El perdón es el agua que limpia los pies cansados de nuestra gente y sana las heridas del asfalto de la vida.
Hoy le entregamos a la Virgen de Luján la historia de nuestra diócesis: el recuerdo del siervo de Dios Jorge Novak, el fruto de nuestro Tercer Sínodo, el futuro de las nuevas vocaciones y la entrega de tantos laicos que gastaron su vida en estas cinco décadas. Le pido también a la Virgen que me perdone a mí por aquello que como pastor no supe o no pude hacer bien, y que los bendiga a cada uno de ustedes.
Que Quilmes sea siempre una tierra donde el perdonar «setenta veces siete» sea nuestra ley, donde la compasión sea nuestro sello, y donde cada comunidad sea un refugio de paz y de consuelo para los pobres, los que sufren y para los que han perdido la esperanza. Que la Virgen de Luján nos bendiga y nos acompañe a iniciar con alegría estos nuevos 50 años de misión.
Amén.
Obispo de Quilmes










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